ILUSIONES EN PEDAZOS QUE BRILLAN COMO ESTRELLAS

 

¿Es la vida que tengo la que deseo? Tarde o temprano es lo que uno se acaba preguntando. Y entonces es cuando nos damos cuenta de que dejamos escapar algo que ya no volverá.

Constantemente he oído que materializamos nuestros deseos, que proyectamos y atraemos en nuestra vida aquello que desprendemos. Tal vez por eso acabamos sucumbiendo en un patrón de desgracias, porque abandonamos lo que una vez quisimos y nos conformamos con aquello que parecía lo más adecuado.

El papel que tenemos frente a las interacciones sociales es fundamental en el paso de querer algo y acabar con nada. No es la primera vez que he comentado que el ritmo desenfrenado que llevamos, tanto en nuestras relaciones interpersonales como laborales, nos ha llevado a desprendernos de las responsabilidades que deseamos cargar para sacar adelante aquellas que se nos cargan y no queremos. Es decir, una mala gestión de las prioridades, interponer lo ajeno a lo personal porque, inconscientemente, nos han enseñado a que lo original suene absurdo. De ahí a despreciar nuestras ideas, nuestra voz interior-como queráis llamarlo-.

Nunca es tarde. Es lo que solemos oír y solemos repetirnos cuando queremos rectificar un error, una mala gestión. Rectificar es de sabios y no hay mejor manera que comenzar por admitir nuestras equivocaciones, pero, ¿hasta qué punto llega nuestra culpa? Nos hemos dejado influenciar y por consecuente pospuesto una idea que queríamos realizar. Vivir en comunidad es un estado natural del ser humano, somos sociales por naturaleza, pero desconocemos hasta dónde la sociedad es capaz de reprimir.

Entonces aparece el miedo. La sensación de que el tiempo corre, de que llegamos tarde a poner remedio. Pero estamos aquí por algún motivo y nada es abandonado en vano. Desistimos en lo seguro dejando a las ilusiones cosa de niños. Ahora desistimos en las ilusiones porque lo seguro fue más vacío de lo que creíamos. Y es natural buscar la plenitud en nuestros actos. Como dualidades compuestas no solo de mente sino también de alma.

 

Partir de cero es volver a casa, todo se reduce al camino de vuelta a casa. Alguien debe de hacer el viaje de recoger las estrellas que antes brillaban como deseos.

Nuestras ambiciones vuelan en horizontes imaginados, y es ridículo confundir el logro con lo cuantitativo. Con lo que respecta al querer, no entiende de números y frustrarse porque nuestro nombre no llegue a eslabones tan altos no es motivo para creer que desechamos parte de nuestro tiempo en algo que no nos llevaba a ninguna parte. El mero hecho de habernos equivocado ha sido de utilidad para querer perseguir lo que una vez guardamos para olvidar.

Llegamos a una edad en la que comprendemos que lo que decíamos de pequeños estaba más apegado a nuestra forma de ser, y solo disponemos del tiempo para recuperarlo. Podéis estar de acuerdo o no, pero nacemos de la misma manera en la que morimos. Y si venimos a este mundo con el corazón de un niño no es de extrañar que nos queramos ir de la misma manera. La aventura que hayamos vivido para recuperarlo o no ya forma parte de la vida, y tendremos tiempo de narrarla en otro momento.

Lo primero es lo primero, que aunque el tiempo corra no quiere decir que nosotros también debamos.

Más allá de que nos recuerden por lo que fuimos, preferimos que nos recuerden porque fuimos buenas personas. Y para esto no es necesario vivir con prisas, sino saber vivir a cada momento
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