REBELDE CON CAUSA

 Cuando hablo de cine siempre busco la oportunidad de mencionar una de mis películas favoritas, Rebelde sin Causa; estrenada a mediados de los 50 que tiene como director a Nicholas Ray, pero eso es lo de menos. Yo di con esta película a través de su protagonista, James Dean, después de ver el documental The James Dean Story (enlace: https://www.youtube.com/watch?v=buOuiYXj_TY) quedé cautivado por su introvertida personalidad y fue cuestión de tiempo en dar con su filmografía.

 Rondaba el 2 de enero de 2019 cuando decidí comprar las tres películas por un precio asequible. Era un pago arriesgado, no había visto ninguna de ellas y cabía la posibilidad de que no me gustaran pero el dinero ya había sido recogido y, ahora, las tres películas estaban sobre la palma de mi mano. Al mes de hacer la compra, me decidí una tarde de domingo-¿no creéis que es el día más triste de la semana?-a ver una. Cogí la carátula y comencé a leer: Al Este del Edén, Rebelde sin Causa y Gigante. Giré para ver la segunda cara y leer la sinopsis pero nada. No solía confiar en mi intuición-exacto, solía-pero cuando leí el segundo título algo dentro de mí despertó. Antes de ver la película sabía que me iba a gustar. Abrí la carátula, extraje el segundo CD, y lo introduje en mi reproductor Blu-ray-hoy en día está guardado en el armario, no es que tenga vergüenza sino que dejó de funcionar. Pulsaba el botón y no encendía-.

Fueron las mejores dos horas de cine que han visto mis ojos.

En estas alturas del artículo os preguntaréis, ¿pero esto, Juan, qué tiene que ver con la psicología? No corráis que hay tiempo.

Jim Stark (James Dean) es un adolescente problemático, incomprendido por sus padres, que constantemente se ven obligados a cambiar de hogar por las fechorías en las que se ve envuelto su hijo. Llegan a un pequeño barrio con la esperanza de comenzar de nuevo pero Jim Stark se enamorará de Judy (Natalie Wood) que resulta ser la pareja de Buzz (Corey Allen), el estudiante más problemático del centro. Esta interacción de sentimientos descontrolados, desencadenará una serie de sucesos en los que realmente nadie quiere verse envuelto, pero se verán obligados a ser partícipes si con ello ocultan sus miedos y muestran su valentía.

Me es imposible resumir más la película, como comprenderéis son dos horas y el artículo es limitado; además así os animáis a verla, no tiene desperdicio.

Para el artículo de esta semana, pensé en una escena en concreto de la película para comentarla con vosotros. Así dejamos a un lado las formalidades y los temas más serios y damos paso a la cultura pop, que nunca va mal.      

El mismo día en que Jim Stark comienza las clases en el nuevo centro de secundaria, van a una exposición al planetario de Los Ángeles. Al finalizar la actividad, los alumnos abandonan la sala y se encaminan hacia sus casas pero Buzz, acompañado de Judy y sus amigos, deciden esperar a Jim para intimidarle. En un principio, el protagonista no quiere entrar en el conflicto pero después de unas provocaciones, se ve envuelto en un enfrentamiento con navajas que termina en tablas. Para sentenciar el asunto, deciden quedar al atardecer en un descampado y hacer una carrera automovilística que pondrá a prueba la valentía de ambos personajes a cuatro ruedas y pocos segundos.

            Es ahí donde entra el tema que me gustaría plantear-creo que voy un poco tarde ya-.

Jim Stark no tiene una buena relación con sus padres-realmente, los adolescentes no suelen tenerla pero eso es generalizar y a pesar de todo estoy hablando de una película, y como lo muestra así pues así se queda, no hay más-. En los primeros minutos de la cinta, vemos como la falta de credibilidad de ambos confunden al joven que se ve en la necesidad de tener una figura de confianza que le guíe en su toma de decisiones en esta edad de cambios e inseguridades.

Una madre predominante en el hogar, de poca estima hacia su marido pero, sin embargo, dulce y preocupada por su hijo.

Un padre amable, de habla fácil, reservado, sucumbido por la incertidumbre de no saber acercarse al joven.

El protagonista no sabe si debe acudir a la cita. Realmente, él no quiere involucrarse en más líos y hasta el último momento sabe que puede ser peligroso. Pero existe la cuestión de la honra, de la valentía adolescente que le impulsa a la duda y a plantearle a su padre su preocupación, obteniendo vagas respuestas.

            Por un lado tenemos la sensatez de saber que estas no son las formas de resolver el conflicto, pero por otro existe la preocupación de no dar lo que los demás esperan sin hallar otra manera de generar la misma impresión sin la necesidad de optar por ese camino.

            En otras palabras, como cuando debemos ser partícipes en una pelea aun sabiendo que no son las formas y aunque haya la posibilidad de hablar es imposible que de resultado porque el mismo contexto no lo permite.

Son cuestiones que viven sin respuestas. Cuestiones que nos llevan a ser partícipes al margen de nuestras dudas. Y es que este planteamiento me recuerda al problema que sufren los escritores con la gramática, no sé si lo habéis oído alguna vez; ese en el que formulan una frase que no congenia con el resto de la oración pero cambiarla se hace imposible porque solo existe esa interrelación de palabras para decir lo que exactamente quieren decir. ¿Cambiamos la composición sabiendo que no será lo mismo o dejamos la composición aunque no concuerde con la oración?

Jim Stark acudió con dudas ese atardecer. Al final, no todo queda en una cuestión de moral sino en la cuestión misma, que nos impulsa a un hecho que no tiene otro camino y da una causa a la rebeldía.

El instituto A.M.I. no solo emplea técnicas previamente conocidas como podrían ser la regresión o el análisis de sueños para hallar respuestas a las cuestiones que nos plantea la angustia y así comprenderlo. Si no que además, pone en práctica diferentes técnicas desarrolladas exclusivamente por el instituto que ayuda a lidiar no solo de una manera creativa sino también interactiva. Un amplio catálogo de posibilidades para escoger, otorgando la posibilidad al paciente de encontrar el método más cómodo.

Entre las técnicas se encuentran: diálogo con figuras inconscientes, la técnica de los cubos o la técnica de reescritura A.M.I.

Adaptarse a la depresión no es tratar con ella, es un impedimento que nos priva de un bienestar del que todos tenemos derecho a satisfacernos.

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