HABLAR COMO SI NO HABLÁRAMOS

El Café de Mar no quedaba tan lejos como me imaginaba. Creía que llegaría tarde pero para mi sorpresa fui de los primeros en acudir a la cita. Han pasado dos años desde que aprobé mis estudios en bachillerato y la ilusión que sentía de ver a uno de mis profesores publicar un libro era inmensa. No podía perdérmelo.

El recinto era una sala de actas, había alrededor de treinta sillas separadas entre sí por las medidas de seguridad. Ninguno de los allí presentes nos quitamos la mascarilla en ningún momento. Deduje que la gran mayoría eran amigos o familiares de mi profesor, rozaban o daban la mano a la tercera edad, y solo unos pocos-de los que me incluyo-éramos antiguos alumnos.

Como ya he dicho, había alrededor de treinta sillas en la sala de actas pero no llegó a ocuparse todas. A los pocos minutos de tomar asiento, comenzó la presentación en palabra de uno de los amigos del autor-no recuerdo su nombre ni de lo que habló por lo que no puedo narrarlo con más detalles-, y luego, fue mi profesor quien tomó la palabra.

 

Oírle hablar es como escuchar a Morrissey cantar en los The Smiths, la misma sensación me embargaba cuando acudía a sus clases de filosofía. De verdad que la materia cobra magia con tan solo sus palabras. Y el pasar de los años no se lo había arrebatado.

Hay que tener una capacidad asombrosa para captar la atención de la gente, saber qué decir, cómo decirlo y cuándo decirlo. En pocas palabras, adaptarse al entorno sin perder la personalidad. Pocos lo logramos, somos como coladeros que echamos a perder un punto u otro.

            Pero no os narro esto en vano.

 

Toda presentación tiene al final un momento para hacer una rueda de preguntas. Transcurrió  cerca de una hora hasta que llegó ese momento. Hasta entonces me sentía cómodo, feliz y con una ligera sensación de evasión sobre mis hombros. Podéis creerme si os digo que me hubiese quedado una hora más oirle hablar. Es algo que echo en falta.

El  silencio que poco protagonismo tuvo sobre el espacio cobró importancia en el momento en que a los oyentes les otorgaron voz. La tozudez había absorbido nuestra función que nos resultaba difícil despegarnos de ella.

Al final, uno del público tomó la palabra, no sé si por modestia ante el pesado silencio o porque de verdad deseaba hablar. Carece de importancia. Porque después de él, las voces se alzaron con respeto al prójimo.

 

Mientras los demás hablaban sentía la necesidad de aportar mi punto de vista. Comencé a pensar qué podía decir y cómo y di con un tema pero terminé por no hablar. De vuelta a casa me arrepentí porque creía que había dejado pasar una oportunidad que no volvería a tener, dejando en mí una sensación de remordimiento.

Y eso precisamente es lo que genera el miedo y la duda, remordimiento. Cuando estaba sentado en la silla de la sala de actas mientras veía a personas que no conocía de nada levantarse y hablar con tal énfasis, por dentro batallaba con el miedo de poder hablar porque el querer ya lo tenía. Era el miedo de que la voz temblara, de que el cuerpo no se sujetara por los pies, de confundir palabras y alterar el orden gramatical lo que me hizo permanecer callado. La estúpida sensación de imaginar las miradas de la gente y tener toda la atención en un momento y creer que no tendría nada que aportar para robar tiempo a los demás.

 

A la despedida me acerqué a él para darle la mano y decirle en privado parte de lo que fui incapaz de decir en público.

            -¡Hombre Juan! No te había visto, ¿has llegado tarde?

            -No-reí-. Estaba sentado por esa zona, vi necesario que las primeras filas estuvieran ocupadas por los más cercanos.

            -¿Tienes aquí el libro? Dame que te lo firmo.

 

Pudimos compartir un par de palabras y llegué a casa con el libro firmado.

 

Vi necesario enviarle un correo sincerandome en muchos aspectos y así lo hice. La escritura me permitió ser valiente, pero el momento había pasado y ahora, esa misma sala se encontraba vacía.

            Estuve en la presentación pero, ¿qué testimonio dejé de ello?

[…]Regalar amor, expresar admiración, estima, son pequeños o grandes regalos que nos hacen inmortales en una vida que por definición es mortal.

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